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Se encabronó el rancherito

Eduardo Martínez Benavente

Diciembre 14, 2008.

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No es la intención de Eugenio Govea revertir a su favor los resultados de la elección del domingo pasado, en la que Alejandro Zapata obtuvo la mayoría absoluta de votos, convirtiéndose así en el candidato de Acción Nacional a la gubernatura del estado. Los zapatistas nunca se lo permitirían y la división interna sería más profunda e irreconciliable. Govea pretende “reventar” la candidatura de Zapata, al que no le reconoce su triunfo, para que el Comité Ejecutivo Nacional designe directamente al sustituto, tal como lo previene el artículo 43 (apartado B, inciso f) de sus estatutos que señala que cuando una circunstancia afecte la unidad entre los miembros del partido, como es el caso de las graves descalificaciones al padrón panista que ha señalado el senador sancirense, así como la parcialidad de la dirigencia nacional a favor de la causa de Zapata, entonces, ese órgano de gobierno está facultado para nombrar en forma directa al candidato que deberá representarlos en la contienda.

La historia se repite una y otra vez, en el 2002, Zapata no logró abortar la candidatura panista de Marcelo de los Santos al gobierno del estado; el derroche de recursos que utilizó este último, así como la preferencia de los árbitros del proceso, abonaron su triunfo. Su denuncia ante las instancias del partido no prosperó. Ayer, como hoy, la impugnación también tuvo un contenido más político que jurídico, pues tampoco creían en la imparcialidad de los que resolverían la queja. No es la primera vez que Zapata se ve involucrado en señalamientos de fraude electoral. En abril de 1997, el contador Alfredo Lujambio fue victima de una maquinación que le permitió a Alejandro Zapata ganar la nominación de su partido a la presidencia municipal. En esa ocasión el padrón panista municipal creció, a unos cuantos días de la elección, de 400 a 540 electores, por la afiliación masiva de un grupo de vecinos de la delegación de Pozos que fueron incorporados al partido por Jorge Lozano y Eduardo Castañón. Su denuncia tampoco tuvo éxito alguno, pero si, en cambio, lograron expulsarlo del partido, con el pretexto de que había ventilado públicamente sus inconformidades.

Es irrefutable la inoperancia de los órganos de elección interna de los partidos cuando organizan sus propias elecciones. No funcionan. No puede haber imparcialidad, pues naturalmente se inclinan por alguno de los candidatos. En esta elección consintieron que los precandidatos se excedieran con mucho del tope del millón 300 mil pesos que se había establecido para gastos de precampaña. Por ejemplo, Eugenio Govea reconoció que sus farmacias prestaron más de 30 mil consultas gratuitas con su respectivo medicamento que le permitieron promoverse y ganar simpatías. Alejandro Zapata seguramente superó con creces lo que gastó Govea. Nada más la comida que le pagó a más de 5 mil gorrones en el Hotel María Dolores, según sus propias cifras, le pudo haber costado hasta un millón de pesos, si sumamos el costo de la renta del local, mobiliario, música, bebidas, transporte y alimentos para tantas personas. Sabía Zapata que no podía congregar más de 500 personas en un evento, pues así lo dispone la Ley Electoral, y el amparo que se otorgó sólo protegía a Govea de esta arbitrariedad; y sin embargo lo hizo y no se le sancionó. Tenemos reportes que en muchas comunidades llegaban los dos como santaclóses cargados de regalos, El costo de las horas avión que rentó o le prestaron a Zapata para trasladarse a algunos de los municipios con su comitiva, también hay que contabilizarlo, así como muchas otras erogaciones.

Es muy endeble la situación política de Zapata pues apenas obtuvo el 28.26 % de los votos de la membresía panista en todo el estado. Un candidato con esa votación, con un enemigo como Govea y el previsible boicot de su gente, no es nada alentador. Los resultados electorales en la capital del estado son desastrosos, sólo votó el 41.84% de los electores en la cuna del zapatismo. En Soledad, los números están peor, sólo acudieron a las urnas el 35.69% del electorado. En el interior del estado, Zapata superó a Govea con 1,495 votos, o sea el 9.80 %, y esto, según los goveístas porque les rasuraron a miles de electores identificados con su precandidato.

Cuando todo parecía ir tan bien, demasiado bien, cuando la gente de Zapata celebraba su triunfo y reconocía la madurez y disciplina de Govea por aceptar sin patalear su derrota, algo grave, muy grave debió haber ocurrido para que cambiara de manera tan radical su postura. Sin duda alguna influyó la arrogancia y desplantes de Zapata, ni siquiera un debate le aceptó. Es de los políticos intolerantes e irascibles que si no estás con él, estás en contra de él. La cargada a favor de Alejandro y las traiciones de los amigos que se le voltearon durante la campaña lo dejaron muy sentido. Tenía que vengarse y les arruinó la fiesta. Con estas historias los panistas ya no tendrán calidad moral para pitorrearse de los cochineros ajenos. Govea sería el hazmerreír de muchos potosinos si lo vemos alzarle el brazo a Zapata o acompañarlo a sus giras proselitistas. Es cierto que a los flemáticos, como el senador, se les reconoce porque le cuesta tiempo y trabajo sulfurarse, pero una vez que entran en ebullición nadie los para. Pocos son los exabruptos que le conocemos a Govea, el más grave, quizás, fue cuando jaloneó y regañó al Contador Mayor de Hacienda, Antonio Sandoval, porque no le pidió permiso para incursionar en la sede del Supremo Tribunal de Justicia, en la que le notificó a su presidente, Otto Sosapavón, el inicio de la primera auditoría que se le haría al Poder Judicial. Otra de sus andanzas políticas, que hasta la fecha no se ha dignado justificar, son los motivos por los que se resistía votar en contra de la cuenta pública de Fernando Silva Nieto, como lo hicieron el resto de los diputados de su fracción. La crisis que provocaron sus titubeos lo obligaron a renunciar a la gran comisión que presidía y a la coordinación de sus compañeros panistas.

 

 

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